Escuela Española de Terapia Reichiana 

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LA ECOLOGÍA DE LOS SISTEMAS HUMANOS EN EL NUEVO PARADIGMA

Javier Torró Biosca  

Filósofo, Psicólogo, Psicoterapeuta Caracteroanalítico y Orgonterapeuta. Miembro de la ES.TE.R. Realiza su labor profesional en el Centro SIHUM (Centro de Ecología de los Sistemas Humanos)

Esta conferencia fue dictada el 23 de abril en Valencia y el 28 de mayo en Barcelona en el año 2005, para celebrar el 20 aniversario de la creación de la Escuela Española de Terapia Reichiana (ES.TE.R.).

  

    

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En 1784 Kant escribía en un folleto titulado “¿Qué es la Ilustración?”, “¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!”. Este texto resulta cita obligatoria para aquellos que quieren entender qué significó el movimiento ilustrado (o iluminado) para el desarrollo del espíritu humano. Kant se queja de la pereza y la cobardía como causas de la dependencia de unos hombres ante otros que se erigen como tutores. “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía del otro”, decía Kant en las primeras líneas del texto. En sus palabras nos trasmite el entusiasmo de un hombre que junto a muchos otros se enfrentó a la mentalidad oscurantista y mística de la escolástica medieval. Quizá por eso su escrito rezuma pulsión de vida en cada una de sus frases y expresa el deseo del alma humana de buscar la libertad y la expresión de sus potencialidades. La ilustración sentó las bases de la modernidad. Sin embargo, tres siglos después, en los albores del siglo XXI, podemos suscribir las mismas afirmaciones que hizo Kant y afirmar que el hombre sigue sin atreverse a utilizar su propia razón, cediendo sus capacidades a la tutela de otros. “Tengo a mi disposición un libro que me presta su inteligencia, un cura de almas que me ofrece su conciencia, un médico que me prescribe las dietas, etc., etc., así que no necesito molestarme”, decía Kant. Esa misma insatisfacción denunciaba W. Reich en “Escucha pequeño hombrecito”: “el hombre no se responsabiliza de su vida ni de las cosas que le atañen”.

¿Por qué sigue ocurriendo eso? ¿Por qué generación tras generación siguen reproduciéndose las mismas circunstancias que merman nuestra capacidad vital? El propio Kant nos da su punto de vista: “Los tutores que tan bondadosamente se han arrogado este oficio, cuidan muy bien que la gran mayoría de los hombres (y no digamos que todo el sexo bello) considere el paso de la emancipación, además de difícil, en extremo peligroso. Después de entontecer sus animales domésticos y procurar cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde les metieron, les muestran los peligros que les amenazarían caso de aventurarse a salir de él. (...) Es, pues, difícil para cada hombre en particular lograr salir de esa incapacidad, convertida casi en segunda naturaleza. Le ha cobrado afición y se siente realmente incapaz de servirse de su propia razón, porque nunca se le permitió intentar la aventura”. Kant apenas vislumbra en su lucidez el drama humano que se desprende de sus palabras pues pensaba que el germen de todos los problemas estaba en la estructura social. Dos siglos más tarde Reich nos permitirá entender cómo se produce esa dependencia humana generación tras generación, mediante el concepto de “coraza caracterológica”. Antes tanto Nietzche como Freud habían sentado las bases teóricas para realizar una mirada profunda sobre la condición del hombre.

Para nosotros, el hombre ha ido perdiendo su capacidad de contacto con la naturaleza, con la vida, con su pulsación energética, y estructurando una coraza que le permite adaptarse y subsistir pero que le impide vivir en sentido pleno. Ejemplo de esta pérdida de contacto de nuestra especie ha sido los efectos catastróficos producidos por el tsunami de hace unos meses. Las imágenes televisivas así como los relatos narrados por los supervivientes en los medios de comunicación, mostraban la total falta de previsión y percepción del peligro. Algunos se quedaban mirando la gigantesca ola que avanzaba por el horizonte y que acababa arrollándoles y quitándoles la vida. Sin embargo, animales de distintas especies fueron capaces de anticiparse a la tragedia y salir huyendo. Mientras, los humanos, comentan con asombro e incredulidad el que no se hayan encontrado cadáveres de animales entre los cientos de miles de víctimas. En la actualidad sabemos que los perros comienzan a ladrar horas antes de que se inicie un seísmo o que los gatos parecen tener detectores sísmicos que les permiten desaparecer cuando perciben alguna vibración. También hay especies de aves o de peces capaces de captar campos magnéticos o pequeñas variaciones de corriente eléctrica. Son conocidos en el terreno de la biología los grupos epideícticos de aves, como los estorninos, que se reúnen al atardecer, en nuestros parques y jardines, para hacer un recuento diario que permite regular el volumen de la población en función de la previsión de las cosechas. Por otra parte, ¿quién no conoce alguna historia de un perro o un gato abandonado a cientos de kilómetros de distancia y que sin plano de carreteras ni de la ciudad, se vuelve a presentar en el domicilio de su desalmado propietario?

Tras esta retahíla de ejemplos estoy tentado en concluir que los animales son muy listos y muy torpes los humanos, al revés de lo que siempre habíamos pensado. Pero lo cierto es que nosotros también somos animales, sólo que bastante abotargados, rígidos y alienados; muy sensibles al frío o al calor pero con las capacidades mermadas para empatizar con nuestro vecino; dispuestos a aceptar todo tipo de placeres superficiales pero incapaces de encajar el más mínimo dolor en nuestros delicados cuerpos. Sin embargo, aunque parezca raro, a veces tenemos intuiciones y en ocasiones son ciertas, aunque tendamos a descalificarlas por poco objetivas y supersticiosas. La madre que es capaz de estar en contacto con su hijo/a, es capaz de entender las necesidades que tiene a esa edad en la que no se expresan por el lenguaje y aún después, cuando el lenguaje no es más que un ensayo de habilidades vocales. La madre que ha perdido esa capacidad de contacto o la deja de lado por inseguridad, acaba confundida con las rutinas y subrutinas de las modas acatadas por su pediatra. También somos capaces de intuir qué puede hacer feliz a nuestros seres queridos o sus posibles dificultades o alegrías. Estudios etnológicos han demostrado como las mujeres de algunas tribus africanas eran capaces de regular su fertilidad en función de la bonanza de las cosechas o de los bienes familiares. Parece que nos vamos acercando a las capacidades de los animales o, al menos, a las de los estorninos.

Para Xavier Serrano, “el ser humano ha perdido su identidad como especie. Nos sentimos extraños, ajenos y nos destruimos sin piedad. La violencia irracional hacia nosotros mismos vinculada a lógicas economicistas y de poder neurótico han evitado permanentemente la armonía con el ecosistema hacia el cual se ha extendido destruyendo bosques, selvas, océanos, ríos, favoreciendo la extinción de miles de especies, separándonos cada ves más de nuestro medio natural. Esta tendencia se ha ido modernizando y perfeccionando hasta niveles extremos de forma que en los últimos cien años hemos puesto en peligro mortal nuestro planeta Gaia, desestructurando la armonía intersistémica que la naturaleza ha ordenado en los tres mil millones de años de vida terrestre” (Al alba del siglo XXI; pág. 13). De aquí surgen la mayoría de los males que acechan al ser humano como especie y nos sitúan al borde de la destrucción de la vida en el planeta.

Fundamentalmente voy a hablar de esto: Del cambio que debe dar el hombre para preservar la vida en el planeta y dar sentido a su existencia. Para nosotros esto pasa por un cambio de paradigma en el conocimiento que algunas personas ya han empezado a deslindar. Queremos aportar nuestros planteamientos basados en el funcionalismo orgonómico de Reich y que hemos enriquecido a lo largo de la historia de la Es.Te.R. con un trabajo de integración interdisciplinar entre profesionales de diferentes campos y que está concretándose en los últimos años, de la mano de Xavier Serrano, en la “Ecología de los Sistemas Humanos”.

Desde esta nueva perspectiva teórica, el ser humano es un sistema formado por varios subsistemas y, a su vez, inmerso en otros sistemas mayores. La familia es un sistema del que el hombre forma parte, también la pareja, el trabajo, el grupo de amigos, el sistema social, etc. La orgonomía ha descubierto cuáles son las leyes de la vida y a partir de ahí la autorregulación funcional de los seres vivos; es decir, de qué forma el animal humano y el resto de animales pueden desarrollar sus capacidades biológicas en salud. Ahora bien, ya Reich se dio cuenta que la salud depende del entorno en el que vive el individuo. Por eso, para nosotros hablar de salud supone hablar de las condiciones de los ecosistemas en los que vive el individuo. En los últimos años comenzamos a intervenir en los sistemas en los que está integrado el ser humano para crear esas condiciones de salud que permitan potenciar sus capacidades personales al mismo tiempo que las del sistema entero. A tal efecto estamos elaborando encuadres específicos de intervención en parejas, en familias, en centros educativos, en centros laborales, etc. Para ello utilizamos aportaciones específicas de la orgonomía, de la ecología profunda y de la teoría de sistemas, fundamentalmente. A esto es a lo que llamamos “Ecología de los Sistemas Humanos”, que no es más que una pretensión de intervenir en los ecosistemas en los que el ser humano está inmerso para facilitar la autorregulación ecológica de los mismos, una mayor conciencia y permitir el desarrollo de sus potencialidades de acuerdo con nuestra visión de la salud.

Resulta procedente comenzar planteándose el propio concepto de “paradigma”, pues hay quien lo cuestiona en el terreno de la epistemología. El concepto de paradigma aparece por primera vez en la historia en la filosofía de Platón, para quien significa ejemplo, patrón o modelo. Es decir, el paradigma es algo ejemplar que sirve de modelo para las cosas sensibles. En este sentido las “ideas” son paradigmáticas y por eso son modelos eternos e invariables del que las cosas sensibles participan.

Ahora bien, nosotros utilizamos el concepto de “paradigma” de Kuhn, un filósofo de la ciencia del siglo XX. Para Kuhn la ciencia que se desarrolla en un determinado momento histórico –que Kuhn llama “ciencia normal”-, lo hace en el interior de un paradigma, dentro del cual se van acumulando conocimientos. Junto a esa ciencia normal existen otros saberes o conocimientos que se enmarcan fuera de ese paradigma, por lo que son rechazados como acientíficos. En el propio paradigma aceptado van apareciendo anomalías e inconsistencias que ponen en duda la validez del paradigma en vigor. Con el tiempo el volumen de problemas contribuye al asentamiento de un nuevo paradigma.

Algunos consideran que la ciencia se encuentra en una “revolución permanente” y, por tanto, no precisa de estos supuestos cambios paradigmáticos. Pero a poco que observemos a cierta distancia, como a vista de pájaro, el “giro copernicano” que se produjo en los siglos XVI y XVII y que dio pié a la modernidad, convendremos en aceptar que supuso algo más que unos cambios de teorías parciales. Aún admitiendo que esa revolución permanente es la actitud que se produce en el período de ciencia normal.

En el libro colectivo “Wilhelm Reich 100 años”, esbozo una teoría que enmarca los cambios de paradigma en un desarrollo histórico del pensamiento humano, o quizá debería llamar de la conciencia humana, hasta nuestros días. Allí hablo de una primera fase de pensamiento animista que correspondería con la época preclásica o mítica. En ella el animal humano aunque ya había tomado conciencia de su separación del resto del mundo, todavía se encontraba en contacto con sus funciones naturales y, por tanto, el repertorio de respuestas ante el medio no ofrecía apenas dudas. Después se daría una fase de pensamiento especulativo propio de la cultura clásica. En esta fase la razón se erige como capacidad superior del hombre, produciendo la escisión entre soma y psique, que corre paralela a la escisión entre materia y energía. Con posterioridad aparecerá una fase de pensamiento místico que corresponde con la Edad Media. Esta fase se caracteriza por la radicalización de la escisión entre cuerpo y alma, convirtiéndolas incluso en dos realidades antitéticas y creando entre ambas un abismo inquebrantable (Jorismos) entre lo divino y lo humano. Ante este exceso de energía hacia lo espiritual, el ser humano reaccionó con la modernidad, que es el paradigma imperante hasta nuestros días. Una fase de pensamiento mecanicista que desarrolla en exceso lo material y en donde cuerpo y alma aparecen como realidades paralelas e independientes. “Así un científico mecanicista puede quedarse unilateralmente con lo material describiéndolo como una máquina y reduciendo lo energético a procesos puramente químicos o conductuales y, sin embargo, en el ámbito familiar ser un fervoroso creyente. La vida es considerada como una propiedad cualitativa dependiente de la estructura material del organismo” (Wilhelm Reich 100 años; p. 22).

El nuevo paradigma ha de ser necesariamente un paradigma ecológico, que suponga un reencuentro con la Naturaleza. Es decir, un reconocimiento, respeto y “comprehensión” de los ecosistemas naturales en los que el hombre está inmerso; así como una aceptación consciente de nuestra naturaleza psicosomática, de la unidad funcional de cuerpo y alma, de materia y energía. Pues si queremos salvar la Naturaleza, la vida en general, tenemos que sentirnos como parte de ella; sentir la pulsación energética de nuestro organismo y esa es la verdadera dimensión espiritual de nuestra existencia y la verdadera religión: la religación del hombre con el Cosmos mediante la conciencia de nuestra naturaleza energética. En definitiva, podemos hablar de un nuevo paradigma ecológico porque el mecanicista imperante hasta nuestros días se encuentra en un atolladero a muchos niveles y es incapaz de dar respuestas adecuadas. El paradigma que proponemos desde la Orgonomía y desde la Ecología de los Sistemas Humanos es más comprehensivo e integrador y recoge saberes y experiencias que no pueden ser explicadas por el paradigma mecanicista, así como aventura respuestas a las cuestiones más acuciantes del ser humano.

Quizá el intento más destacado en los últimos tiempos por ir delimitando un paradigma que se oponga al mecanicista es el de Fritjof Capra. Doctor en física teórica por la Universidad de Viena y autor de varios libros como El Tao de la Física, El punto crucial o La trama de la vida. Desde sus publicaciones ha ido definiendo un paradigma al que denomina “la ecología profunda” que busca la integración de los humanos en el entorno natural, frente a una ecología superficial que es más antropocéntrica. Su visión, al igual que la nuestra, también es holística, en la medida en la que ve el mundo como un todo integrado del que buscamos dar cuenta y no como una visión parcializada propia de la superespecialización mecanicista. Su gran virtud es haber integrado dentro de su formulación toda una serie de científicos punteros en la ciencia actual como ILSA Prigogine, Humberto Maturana, Francisco Valera, Lynn Margulis, James Lovelock, Manfred Eigen, Benoît Mandelbrot o Stuart Kauffman, entre otros.

Su visión es fundamentalmente sistémica, aplicando dicha metodología a la investigación de los sistemas vivos como organismos, sociedades y ecosistemas. Recogiendo también la “hipótesis Gaia” de Lovelock que considera a la biosfera del planeta Tierra como un organismo autorregulado.

Aunque éste planteamiento nos parece una crítica interesante del paradigma mecanicista hecha desde la coherencia científica y la consistencia metodológica, discrepamos en algunos aspectos.

La metodología que plantea Capra es fundamentalmente sistémica, mientras que la que planteamos nosotros además es funcionalista y dialéctica. Su visión le hace recurrir a la Tª General de Sistemas de Bertalanffy o a la Cibernética entre otros desarrollos teóricos, para colocar al mundo en un contexto formado por una red de relaciones cuyas propiedades esenciales surgen de las interrelaciones entre sus partes. En última instancia no hay partes sino meramente un patrón inscrito en una red de relaciones. La desestructuración del sistema supone una pérdida de sus propiedades esenciales. Así pues habla de un pensamiento procesal en el que cada estructura es vista como la manifestación de procesos subyacentes. Para argumentar a su favor cita a Whitehead, a Heráclito y a Cannon, quien formuló la teoría de la homeostasis.

Con esto se contrapone a la ciencia mecanicista que parte de un planteamiento analítico que supone aislar las partes para estudiarlas y comprenderlas mejor. Ahora bien, la propia física cuántica, con la teoría de la indeterminación impide este reduccionismo, en la medida en que las partículas subatómicas carecen de significado como entidades aisladas.

  

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