Escuela Española de Terapia Reichiana 

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PRIMEROS AUXILIOS EMOCIONALES 

APLICACIONES DE LA ORGONTERAPIA A UNA PRAXIS MEDICA GENERAL 

EVA REICH 

Revista ENERGÍA, CARÁCTER Y SOCIEDAD, VOL. 1, Nº 1. 1983 

  

  

Las aplicaciones de la terapia médica orgónica, como fue enseñada por Wilhelm Reich, a los problemas de una praxis general médica en una área rural dieron como resultado hace 25 años (1952) una técnica que yo llamé (Primeros Auxilios Emocionales). Los “primeros auxilios emocionales” exigen la capacidad de intuición en un tiempo que resulta de años de experiencia médica, de un rápido control del cuerpo y la psique. Se debe saber buscar la esencia de un problema, para poder constituir el diagnóstico adecuado, y por consiguiente, la dirección presumible del tratamiento ha de ser la de “auxilio”.

 

Un ejemplo:

La paciente viene quejándose de palpitaciones irregulares, siente el latido del corazón en la garganta. Su angustia es evidente. Comprobamos la glándula tiroidea por tacto y ordenamos muestras de sangre para detectar niveles de iodina en el plasma. Pero cuando examinamos el cuerpo físico detectamos síntomas de miedo, de tensión crónica. Las pupilas están dilatadas, la expresión de los ojos es temerosa, la caja torácica se mantiene en posición inspiratoria y la voz le sale de la laringe como “si tuviera un terrón en la garganta”, etc. Se le pregunta sobre su vida. A los 35 años había tenido demasiadas preñeces a causa de la fe católica de la familia de su esposo, cuya fe prohibe el control de la natalidad. Sus preñeces habían terminado en abortos y nacimientos sin vida a causa de una incompatibilidad de tipo sanguíneo con su esposo (no se registró la gamaglobulina RHO). Para lograr entendimiento sexual con su marido tiene que arriesgar otra preñez con resultado fatídico. Su vagina ante examen pélvico tiene alta temperatura y registra pulsaciones. Admite una aguda frustración sexual, una agonía que la abstinencia que el cura le recomienda, ha impuesto sobre ella. Empieza a llorar. La coloco sobre una litera en la sala de examen médico y la animó a que dé rienda suelta a sus sentimientos. Le aplicó un ligero masaje sobre el pecho para ayudarla a profundizar sus expiraciones, “que deje el aire libre al máximo”. Le aplico un masaje suave sobre los músculos occipitales y frontales combinados con una incitación a que su voz se haga más fuerte. Le golpeo suavemente sobre los músculos submentonianos para liberar la mandíbula fija, le palpo el área bajo la lengua que está rígida.

Su llanto aumenta, cierta ira sustituye al sentimiento de desamparo y gradualmente se relaja. Unos 20 minutos más tarde, discutimos sus preferencias sobre método de control de nacimiento. Le entrego un diafragma y le aconsejo procurar esterilización. Nunca la vi otra vez, pero supe por otros miembros de la familia (esta era una “práctica familiar”) cuan contenta estaba por el cambio decisivo en su modelo de vida. Tiempo total requerido: cerca de 1 hora. Mientras tanto, impaciencia en la sala de espera del hospital. El aislamiento de sonido se logró mediante una habitación o sala interpuesta.

 

Segundo ejemplo:

Un hombre de media edad viene a mi despacho, “trastornado” porque siente un dolor agudo en el estómago. La presión arterial es normal, el corazón late fuertemente, normal y regular, tiene básicamente un buen aspecto. No tiene diarrea, ni vómitos ni fiebre. El abdomen no está flácido.

En nuestro diálogo me comunica que acaba de regresar de un funeral - un amigo suyo muy estimado había muerto de repente -. No se desahogó llorando allí (“Los hombres no lloran”). Hice un examen rectal para comprobar la normalidad de la próstata. Su esfínter aparece tenso. Le digo que su llanto reprimido “puede ser lo que le causa el dolor en el epigastrio. Quizás su estado mejorase dando rienda suelta a su emoción contenida. Dice que está dispuesto a hacerlo. (Estoy segura de que ni siquiera sabe lo que significa la “psicología”. Es un trabajador con las manos callosas que lleva su mejor traje, pasado de moda, que sólo utiliza para ir a funerales, bodas o ponérselos los domingos). Le hago respirar libremente, a sus anchas mientras le presiono en el margen costillar de su pecho fijo, alto, emfisematoso. Le incito a que haga muecas “deje que su cara haga lo que ella quiere hacer por si misma, ¿puede arrugar y mover su cráneo?”. Mientras que trata de hacer este movimiento yo aplico un masaje a sus músculos faciales, suavemente; es lo que yo llamo “el toque de la mariposa”. “Ahora abra los ojos mucho, como espantado, y luego ciérrelos fuertemente... repita... repita”.

Luego trabajamos sobre la mandíbula tensa, y sobre los músculos del cuello. “¿Puede hacer que la voz le resuene? como si cantara una nota, como un suspiro de fuerte sonido”. Se siente cohibido y enrojece. “Es normal tener sentimientos, es mejor que usted los posea, que los permita”. “Yo soy la mujer extraña-médico pero me ha concedido autoridad viniendo a mi despacho. No hay tiempo de actuar a través de las defensas, todas las capas, todos los porqueses y circunstancias. ¿Se trata de una emergencia aguda, posiblemente un ataque al corazón? (Oclusión conoraria), ¿un ataque a la vesícula biliar? ¿O una úlcera péptica aguda? Si no sucede nada pronto tendré que calmarle (Demerol, 100 mg.) o hacerle admitir como emergencia al hospital más próximo (entonces a 40 millas de distancia). No le digo lo que pienso. Trato de asumir unos modos tranquilos y de confianza. Muy típico de un médico. Solamente le digo “vamos a tratar algo nuevo, vamos a ver por un momento si estamos en el camino cierto, vamos a ver si sirve esto antes de que usemos una droga”. Ahora se pone pálido, empieza a jadear, siente náuseas. Le digo que se provoque náusea: “con un dedo cosquillee el fondo de su garganta sin cesar de respirar haciendo un sonido”... De esta manera pongo en práctica un reflejo de arqueo que da como resultado que su cuerpo superior e inferior empiecen a sacudirse. El trata de realizarlo una vez, dos, tres; es un forcejeo. Suda, le fluye la saliva. Está recostado sobre un lado (con almohada para mantener la cabeza erguida). Suspira, el reflejo hace su efecto, llora quién no ha llorado desde hace mucho tiempo, quizás toda una vida.

Cuando se calma le doy un atiácido, un sedante. No lo necesita. Se incorpora visiblemente emocionado. “Gracias, doctora, me siento mucho mejor, muy bien, pero profundamente emocionado”. Hay una sala de “recuperación” abajo, pero no la necesita. Puede conducir hacia su casa, a varios cientos de millas. Escribo una nota a su médico de cabecera. Tiempo - 45 minutos. No hay tratamiento.

 

Tercer ejemplo:

Como interno, en el servicio médico privado (1.949) se me ordena que haga un examen rutinario de admisión a una ama de casa de Filadelfia (es una señora de media edad). Está acostada sobre su cama de hospital en un estado de trastorno, habiéndosele dado 15 mg. de morfina un momento antes por un dolor de espalda agudo. Su médico ha diagnosticado una posible dislocación de un disco invertebrado torácico. Empiezo a examinar: lo corriente, desde cabeza a pies, una observación rápida general, puesto que la paciente ya es muy bien conocida por parte de su doctor. No hay novedad.

Mientras la observo, charlamos. Me dice los malos ratos que ha pasado con su hijo que tiene un carcinoma metastásico. “Qué pena un hijo tan joven y maravilloso, que acaba de graduarse en el colegio, no puedo soportar verle sufrir así, y el doctor dice que morirá pronto”. Dice esto con una voz monótona, sin emoción. Su emoción ha sido “somatizada” en las tensiones extremas de su cuerpo. Su cabeza, cuello y tórax se mueven al unísono. Tiene el brazo alzado en el aire y no le baja cuando queda libre. Sus músculos está “duros como un tablón”. ¿Podría suceder que el dolor agudo muscular sea directamente debido a la catástrofe de su vida? ¿Puede ocurrir que “el seguir aguantando” haya aumentado su costra hasta el punto de causar una insoportable crisis de dolor? Le caigo simpática. Le digo que “precisamente estoy estudiando la manera de liberar sentimientos que están reprimidos y causan tensiones en los músculos. Que me gustaría ayudarla a soportar y aliviar sus dolores”. Ella admite que se siente “agarrotada” a todas horas. Trabajamos. Continúa jadeando, suspirando y por fin empieza a gritar. Grita como un cerdo al que se le asara vivo, como una mujer a punto de se asesinada, como un loco en una “jaula de locos”.

El grito al principio es agudo, a través de las cuerdas vocales tensas, luego empieza a ensancharse y se convierte en un enorme gemido desde abajo del diafragma. No hay aislamiento de sonidos en un hospital. Las enfermeras vienen corriendo. Se me denuncia a la administración, el médico de cabecera queda notificado... La paciente es víctima de un berrinche descomunal, toda la ira concentrada de ser una víctima se vuelve ahora una rebelión contra un sistema médico inhumano... Yo defiendo su derecho a liberar su emoción contra todos los que llegan - diciendo sencillamente “estamos liberando algunos sentimientos reprimidos”.

Por fin rendida, se relaja. Después de haber sido oída, después de haberle dado permiso para que “sea ella misma”, está echada ahora exhausta, pero aliviada, real, tranquila, despierta y consciente. La espalda está suave. El cuello lo está también. La cara se ha hecho hermosa, pero triste. Ella sabe ahora qué es lo que creaba el dolor de espalda, ocultándose a sí misma la inmensidad de su pena. Está radiante, manifiesta sentir sensaciones cosquilleantes por todo el cuerpo, especialmente en la zona inferior. Trabajamos unas pocas veces más. Pasó por varios exámenes de rayos X, todos con resultado negativo, y dejó el hospital en unos pocos días, sintiéndose eufórica y preparada para el futuro. El dolor no retornó. ¿Cómo pudo ignorar su propio médico la conexión entre la emoción reprimida y la tensión muscular? Esto no se enseña en la Escuela Médica.

 

 

  

 

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